Hubo una vez un hombre…

Hubo una vez un hombre tenaz, inteligente y muy trabajador que con esfuerzo logró una posición en la vida, fundó una familia y tuvo un hijo.

Con el correr del tiempo sus fuerzas físicas fueron menguando, pero se acrecentaron su experiencia y sabiduría. Aún así, y a pesar de lo mucho que podía enseñar a otros, dejó de ser un hombre “productivo” y cuando esto sucedió su hijo ya adulto le dijo: “Papá, te has convertido en una carga, es hora de que te lleve al asilo

Padre e hijo se pusieron de acuerdo en la fecha de partida y una mañana al alba comenzaron la larga caminata hacia el destino del viejo hombre.

Cerca del mediodía empezó a apretar el calor y el anciano, al ver un montículo de rocas, pidió a su hijo permiso para descansar. Se sentó en una piedra y cuando hubo recuperado el aliento continuaron caminando. Horas después, regresaba a casa el joven solo.

Los años pasaron. El joven dejó de serlo y cuando al igual que su padre no pudo aportar más que experiencia y sabiduría, fue su hijo quien lo invitó a iniciar la marcha.

Así pues, una fresca mañana comenzaron a desandar el camino y al llegar al montículo de piedras, el ahora anciano pidió descansar unos minutos. Mientras lo hacía miró a su hijo a los ojos y dijo: “¡Qué curiosa es la vida! Hace muchos años, cuando acompañé a mi padre al mismo lugar que vamos ahora, él también descansó en estas rocas

El joven quedó en silencio y pensativo. Pasó un rato y, cuando se repuso de su cansancio dijo el anciano que podían continuar.

Su hijo se acercó con gran dulzura, lo ayudó a pararse y respondió: “Que bueno, papá! Volvamos a casa…

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